Éste
marqués
Juan Preciado
"Quisiera
encontrar un crimen cuyo efecto perpetuo actuara, aun cuando yo ya no actuara
más, de manera que no hubiera un solo instante de mi vida, donde, incluso al
dormir, no fuera causa de un desorden cualquiera, y que ese desorden pudiera
extenderse al punto que acarreara a una corrupción general o a un trastorno tan
formal que, incluso después de mi muerte, sus efectos se sintieran"
Si se nos pregunta quién es el
autor del texto anterior, el ente naranja que gobierna al país vecino del norte
o el marqués de Sade, la respuesta es muy sencilla, dado que sabemos, el mencionado
ente naranja es incapaz no ya de escribir cosa alguna, sino de leer con
claridad y sin cometer dislates los discursos incendiarios que le son
presentados para su deficiente lectura. Pero la intención y el espíritu es el
mismo: destruir.
En un antiguo ensayo, Giorgio
Agamben nos recuerda que la persuasión peitharchia era un atributo de la verdad. Bastaba decir la
verdad para logra la persuasión y de esta manera, a través de la palabra,
excluir la violencia de la esfera
pública, el ámbito de la polis. Los griegos estaban convencidos de lo anterior,
no por ingenuos, sino por buen gusto.
La democracia inventada por los
griegos (que poco tiene que ver con lo que nosotros llamamos democracia)
sostenía que todo debía arreglarse, en el ámbito de la polis, a través de la
palabra y el consenso. Y esa negativa de admitir la violencia en el seno de la
polis, los llevó a inventar el ostracismo, un civilizadísimo procedimiento que
implicaba el destierro de una figura non grata para la comunidad.
Fueron los escritos (entre otros) del
malhadado marqués los que insertaron, según nos dice Agamben, la violencia en
el lenguaje. Se descubre el poder sugestivo de la palabra, y su capacidad de
permanecer y provocar efectos permanentes fuera de la voluntad del lector y en
nuestra época, fuera de la voluntad del escucha y espectador. La violencia lingüística
ofrece ese multiplicador universal de la violencia (crimen) con el que sueña el
marqués.
Lo que faltaba, y logró la
modernidad a través de las redes sociales, es que ése multiplicador de la
violencia tuviera difusión masiva y llegara (oh bendición) prácticamente a
cualquier persona, a cualquier hora, en cualquier punto del globo. Es
pertinente aclarar que nos referimos a la violencia que supone la manipulación,
la propagación de mentiras, el embuste programado. En la esfera política, el
faltar a la verdad se convirtió en la base de la persuasión, alejándose por
completo del concepto original. Ahora quién persuade no es el más veraz, sino
el mas fullero.
Los regímenes totalitarios del
siglo XX, se nos dice, hicieron de la propaganda una de sus armas más eficaces.
(Es curioso que en todos los casos, esos regímenes buscaban “acelerar”, unos “las
leyes de la naturaleza”, otros “las leyes de la historia”. El bombardero loco naranja,
parece actuar, según testimonios, para acelerar un acontecimiento destructor que tiene su origen en un pervertido pensamiento
religioso)
El marqués, el pornógrafo, soñaba
con un crimen trascendente. Y sus intentos no fueron solamente literarios. Paso
más de la mitad de su vida recluido, en la cárcel o en el manicomio debido a sus
conductas criminales. Si se atiene a lo escrito, no se entiende cómo es que sus
panfletos han sido reproducidos a través del tiempo. Pero si se enmarcan en los
perenes intentos de quien detenta el poder de suprimir la voluntad humana a
través de una violencia que no se concibe como tal, se entiende que sea un “autor”
ampliamente leído y elogiado.
Y el gran pornógrafo naranja de
nuestros días (y todos sus secuaces), ha creado un desorden que ha sido capaz
de generar una corrupción general, en todos los ámbitos de la vida humana,
incluyendo la guerra, “el peor de los males”, que muy probablemente hará sentir
sus efectos hasta después de su muerte, para gloría del famoso marqués.
Y así nos va

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