viernes, 13 de marzo de 2026

Éste marqués

 

Éste marqués


 

Juan Preciado

"Quisiera encontrar un crimen cuyo efecto perpetuo actuara, aun cuando yo ya no actuara más, de manera que no hubiera un solo instante de mi vida, donde, incluso al dormir, no fuera causa de un desorden cualquiera, y que ese desorden pudiera extenderse al punto que acarreara a una corrupción general o a un trastorno tan formal que, incluso después de mi muerte, sus efectos se sintieran"

Si se nos pregunta quién es el autor del texto anterior, el ente naranja que gobierna al país vecino del norte o el marqués de Sade, la respuesta es muy sencilla, dado que sabemos, el mencionado ente naranja es incapaz no ya de escribir cosa alguna, sino de leer con claridad y sin cometer dislates los discursos incendiarios que le son presentados para su deficiente lectura. Pero la intención y el espíritu es el mismo: destruir.

En un antiguo ensayo, Giorgio Agamben nos recuerda que la persuasión peitharchia era un atributo de la verdad. Bastaba decir la verdad para logra la persuasión y de esta manera, a través de la palabra, excluir  la violencia de la esfera pública, el ámbito de la polis. Los griegos estaban convencidos de lo anterior, no por ingenuos, sino por buen gusto.

La democracia inventada por los griegos (que poco tiene que ver con lo que nosotros llamamos democracia) sostenía que todo debía arreglarse, en el ámbito de la polis, a través de la palabra y el consenso. Y esa negativa de admitir la violencia en el seno de la polis, los llevó a inventar el ostracismo, un civilizadísimo procedimiento que implicaba el destierro de una figura non grata para la comunidad.

 Fueron los escritos (entre otros) del malhadado marqués los que insertaron, según nos dice Agamben, la violencia en el lenguaje. Se descubre el poder sugestivo de la palabra, y su capacidad de permanecer y provocar efectos permanentes fuera de la voluntad del lector y en nuestra época, fuera de la voluntad del escucha y espectador. La violencia lingüística ofrece ese multiplicador universal de la violencia (crimen) con el que sueña el marqués.

Lo que faltaba, y logró la modernidad a través de las redes sociales, es que ése multiplicador de la violencia tuviera difusión masiva y llegara (oh bendición) prácticamente a cualquier persona, a cualquier hora, en cualquier punto del globo. Es pertinente aclarar que nos referimos a la violencia que supone la manipulación, la propagación de mentiras, el embuste programado. En la esfera política, el faltar a la verdad se convirtió en la base de la persuasión, alejándose por completo del concepto original. Ahora quién persuade no es el más veraz, sino el mas fullero.

Los regímenes totalitarios del siglo XX, se nos dice, hicieron de la propaganda una de sus armas más eficaces. (Es curioso que en todos los casos, esos regímenes buscaban “acelerar”, unos “las leyes de la naturaleza”, otros “las leyes de la historia”. El bombardero loco naranja, parece actuar, según testimonios, para acelerar un acontecimiento destructor  que tiene su origen en un pervertido pensamiento religioso)

El marqués, el pornógrafo, soñaba con un crimen trascendente. Y sus intentos no fueron solamente literarios. Paso más de la mitad de su vida recluido, en la cárcel o en el manicomio debido a sus conductas criminales. Si se atiene a lo escrito, no se entiende cómo es que sus panfletos han sido reproducidos a través del tiempo. Pero si se enmarcan en los perenes intentos de quien detenta el poder de suprimir la voluntad humana a través de una violencia que no se concibe como tal, se entiende que sea un “autor” ampliamente leído y elogiado.

Y el gran pornógrafo naranja de nuestros días (y todos sus secuaces), ha creado un desorden que ha sido capaz de generar una corrupción general, en todos los ámbitos de la vida humana, incluyendo la guerra, “el peor de los males”, que muy probablemente hará sentir sus efectos hasta después de su muerte, para gloría del famoso marqués.

 

Y así nos va

jueves, 10 de abril de 2025

México feliz

Juan Preciado



Si buscamos en un diccionario la palabra “opinión”, podemos encontrar una definición como la siguiente:  “La opinión o doxa es una creencia que puede sostenerse más o menos motivadamente pero que no ofrece pruebas ni garantías de su validez”.*

Aristóteles advertía que opinión no es igual a conocimiento. Para Platón, la opinión es algo intermedio entre conocimiento e ignorancia.

Y los sofistas preferían considerar que de las opiniones hay “unas mejores que otras”, dado que ninguna era prueba de conocimiento.

Las redes sociales son fuente y  vitrina de una enorme cantidad de opiniones. El problema radica en que, tal como hiciera la televisión hasta hace 20 años, el internet en general, y las redes sociales en particular, legitiman como verdadero cualquier cosa que ahí se exprese.

Sabemos que el sistema hace uso de la mal llamada “opinión pública” para legitimar cualquier cosa justo cuando le conviene. Y si no, pues no. Cuando una opinión o postura se repite de manera incesante en internet en cualquier plataforma que haga uso de él , se dice que se vuelve viral. (Por cierto, símil adecuado, los virus se propagan para hacer daño).

Y cualquier cosa que se vuelva “viral”, tiene garantizado el mismo destino de las marchas y plantones que se realizan en el mundo real. Si le conviene al poder en turno, lo tomará como pretexto para realizar cualquier acción que a sus intereses convenga. Semejante proceder hace creer a la población que su opinión es tomada en cuenta y por lo tanto, cada uno de sus miembros se convertirá en una fuente inagotable de opiniones.

Y si no conviene a los intereses del poder en turno, pues la marcha y el mensaje “viral” tendrán como destino el mismo bote de basura.

Y como sucede en el mundo real, el que habla no trabaja, y el sistema de poder bien a gusto y muy contento.

Y parece ser que ese contento se trasmite, aunque sea falso y acomodaticio, a la población en general.

Hace poco, una fábrica de opiniones llamada “World Happiness Report”, nos informó que nuestro destartalado país ocupa el lugar número 10 (de un total de 147 países encuestados)  entre los países “más felices del mundo”. 

Lo primero que llama la atención, es que, aunque se nos dice que se realizó una extensa encuesta, las preguntas formuladas no son compartidas. Y entonces, uno acostumbrado a cuidar que el vecino, el taxista, el policía, el burócrata, el cajero, el recadero, el viene-viene, el oficinista, el inspector de la compañía de luz y un larguísimo etcétera no nos vean la cara y nos quiten algo (aunque sea el tiempo), pues uno sospecha de la veracidad de semejante encuesta.

Lo primero es que, hasta hace poco, no sabíamos que la felicidad era mensurable (¿acaso se medirá en risas sobre segundo?). Lo segundo es que, en una sociedad donde todo mundo está de mal genio, todo mundo quiere corregir el comportamiento de la persona que tiene más cerca a la voz de “si lo hago yo está bien, si lo hace el otro está mal”, en un país donde se asesina a diario, se roba a diario, todos los días desaparecen personas y en un país donde, a toda hora tiene uno que esquivar durante cualquier trayecto a personas incivilizadas que mal manejan una bicicleta, una motocicleta, un automóvil y hasta un patín del diablo; en resumen, ¿cómo es que alguien viviendo todo lo anterior y cosas peores, puede decir que se siente feliz de vivir aquí?

¿Habrán encuestado a puro policía? ¿A los señores que medran a través del amparo gubernamental? ¿A taxistas y microbuseros? ¿A los señores que comercian con sustancias prohibidas? ¿A los dueños de los casinos?

Resulta entonces que, la opinión pública ni siquiera es opinión, es mimesis – ya lo dijo Umberto Eco, “coman caca, millones de moscas no pueden estar equivocadas”- o, peor aún, es otra de las auto percepciones que actualmente cultivan los miembros de la sociedad internet, donde la felicidad es resultado de la sugestión, de la fantasía personal (como una manera de distanciarse del otro, con el que después se termina conviviendo en una cantina o en el bar) aunque la terca y reaccionaria realidad nos muestre a diario otra cosa.

Y así nos va

 

*Enciclopedia Herder 

miércoles, 19 de enero de 2022

 Decisión

Juan Preciado



Hace más de dos mil años, Aristóteles advertía que opinión no es igual a conocimiento. Se dice que opinar es formarse un juicio, pero, en su significado original, opinión es sinónimo de creencia. Y ya sabemos en qué terminan los asuntos que se manejan en base a sistemas de creencias. Es pertinente decir lo anterior, cuando el modelo impulsado por las malhadadas redes sociales, incita la búsqueda de consenso y desestima la búsqueda de la verdad. Por consenso se forman juicios y posteriormente se toman decisiones.

Decidir supone una acción selectiva. Pero las decisiones tienen límites y dependen entre otras cosas, del nivel energético (entiéndase dinero) del sistema. Una persona puede decidir comprar cierta marca de ropa, un modelo de automóvil en específico o definir su lugar de residencia, siempre y cuando posea los niveles energéticos suficientes. Así que esas decisiones no pueden ser alentadas así nomás, so pena de exacerbar pensamientos y conductas  criminales; la llamada “apología del crimen”. Y sin embargo, se hace.

Hay decisiones que son igualmente alentadas, y que son fácilmente verificables. Por ejemplo, tener perro o gato; percibirse género masculino, femenino  o no binario (más las opciones que se acumulen); evitar cierto tipo de alimentos –entre más nutritivos, mejor, más notorio-; y decidir si se esta enfermo o no.

De prohibir y condenar la “auto medicación”, actualmente se ha llegado al punto de permitir y alentar el “auto diagnóstico”.

Siguiendo la cháchara de moda, si alguien “se percibe enfermo”, pues, hay que extenderle un comprobante médico que así lo indique. Lo malo es que la atención médica jamás se verifica con igual prontitud. Y quizá la trampa consista en alejar a las personas de los deficientes, falsos e insuficientes servicios de salud pública ofreciendo como zanahoria, días de descanso.

Una enfermedad (infirmitas, falta de firmeza o de fuerza) es una condición que modifica el estado normal de salud (intacto en su primera acepción) que tiene su origen en factores externos o internos. Esto último suele expresarse también como alteraciones físicas o mentales. Una persona que no presenta un cuadro de alteración adverso, respecto a una condición favorable anterior, no puede ser calificada de enferma o contagiada.

Percibir enfermedades (o cualquier otra cosa) imaginarias, es, de hecho, una enfermedad mental -una falta de firmeza interior - muy común en nuestros días y que, debido a los deficientes programas de salud, no se somete a tratamiento alguno.

Y así nos va.

 

 

viernes, 14 de enero de 2022

 

Significados

Juan Preciado



Cuando una sociedad se enferma, lo primero que se corrompe es el lenguaje.

La palabra síntoma, muy de moda para expresar mil y un sandeces, tiene su origen en el vocablo griego “symptoma”, literalmente “coincidencia”. En medicina, los síntomas son los fenómenos que de manera conjunta se manifiestan en el transcurso de una enfermedad. Debemos hacer énfasis en que, el síntoma es un suceso, algo que acontece. La palabra fenómeno, en este caso, hace uso de su significado original, “lo que aparece”.

Nadie (salvo algún iluminado o vidente de los que ahora abundan), ha visto nunca una entidad llamada “influenza”, “escarlatina”, “gastroenteritis”. No conocemos enfermedades, conocemos personas enfermas. Y sabemos que están enfermas por una estudiada coincidencia de fenómenos llamados síntomas. En medicina, la semiología se ocupa del estudio de los signos que permiten al médico diagnosticar (el griego “diagnostikos” significa “a través del conocimiento”), es decir, reconocer una enfermedad. La semiótica general, es una disciplina que se ocupa de todo acontecer cultural, considerando que las leyes de la comunicación –incluyendo el lenguaje- son las leyes de la cultura. Desde esta perspectiva, podemos decir que solamente existe cultura cuando existen relaciones comunicativas. Todo acontecer cultural es comunicación.

Entiéndase lo anterior y se podrá reconocer la catástrofe actual.

 

“Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.

–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda…, eso es todo”.

Lewis Carrol, "Alicia a través del espejo"

 

Hace dos años, la industria de propagación de embustes advertía de una terrible enfermedad, mortal sin duda, que se manifestaba a través de ciertos síntomas… o no. Si estamos en tiempos de la realidad virtual, pues hay que incluir a las enfermedades, eso es muy congruente. Ha pasado el tiempo, la histeria no ha menguado, pero ahora, lo que se nos dice es que la misma enfermedad, presenta distintos síntomas, cuando los presenta, claro. Y la misma enfermedad ahora debe ser tratada de manera distinta. ¿Quién puede explicarlo?

No estamos hablando de consecuencias. Con la diabetes, un paciente puede desarrollar diversas dolencias a consecuencia de un problema específico: la elevada concentración de azúcar en la sangre. La palabra diabetes toma su nombre de un fenómeno frecuente (un síntoma) asociado a la enfermedad: exceso de micción. Si existe exceso de micción, pero no hay exceso de glucosa en la sangre, se tratará de otra cosa, pero no de diabetes.

El mero preciso del país ha contraído por segunda vez la misma espeluznante enfermedad (que ahora presenta otros síntomas, por supuesto) con todo y la divina protección de la que alguna vez hizo alarde, y el secretario de gobernación nos informa que el estado de salud del presidente es “óptimo”. Según el diccionario, calificamos de óptimo aquello “sumamente bueno, que no puede ser mejor”. Seguramente, en próximos días, nos dirán que el secretario “tenía otros datos…”, o “lo que el secretario quiso decir…”, o mejor aún, “lo que el diccionario quiso significar…”.

Siguiendo a la semiótica, no puede existir humanidad y no puede existir sociedad alguna si no existen relaciones comunicativas. Y la propagación masiva y machacona de dislates no es comunicar.

Y así nos va.

martes, 28 de diciembre de 2021

 

Serie B

Juan Preciado



Para conocer el alma de un pueblo, como decían los clásicos, basta echar un ojo a las expresiones de aquello que es llamado “cultura popular”. Nada describe mejor la podredumbre que destruyó nuestro país y lo precipitó a la bancarrota eterna, que el cine mexicano de los años setentas y principios de los ochentas. Nada describe mejor la hipocresía y el cinismo con el que se manejan las clases gobernantes desde hace al menos 25 años, con su falaz “alternancia” política, que el mal llamado “nuevo cine mexicano”; se presenta como denuncia lo que es cínica propaganda.

Obviamente la fórmula funciona para cualquier sociedad, no solamente la nuestra.

Para todos aquellos que buscan desesperadamente sus quince minutos de fama, les tenemos una gran noticia. Durante casi dos años, han sido protagonistas de una exitosa película de terror serie B. Y sabemos que no hay nada más vulgar y predecible que ese tipo de entretenimiento, nunca mejor llamado “entetanimiento”, tema del que ya hemos escrito en otras ocasiones, por lo que solamente recordaremos el postulado original:

“El ‘entetanimiento’ es la bazofia cultural que mantendrá al ser humano del siglo XXI convenientemente sedado, perpetuamente ansioso, sumiso y servil ante los dictados de la minoría que decidiría su destino".

La película de terror de la cual todos hemos sido protagonistas, comenzó a finales del año 2019, y como en todas esas expresiones de entretenimiento popular, no tiene para cuándo acabar. Para darle un toque intelectualoide al asunto, a cada una de sus entregas o capítulos se le ha nombrado con una letra del alfabeto griego.

Repasemos el argumento básico de éste particular tipo de entretenimiento, que generosamente produce y envía a todo el mundo, el país vecino del norte. Invariablemente un asesino psicópata prácticamente indestructible se ceba en personajes disolutos, quienes generalmente realizan sus actos réprobos al aire libre, en un parque público, una alberca, una casa de campo y como mandan los estereotipos, siempre al amparo de la noche. Pensemos en una secuencia reproducida al hartazgo, el ser indestructible camina, no corre detrás de sus víctimas quienes si corren velozmente, pero de manera increíble, no pueden lograr separación alguna con su perseguidor. El sanguinario gentleman hemos dicho, camina, no corre, guarda la compostura y logra dar alcance y varios tajos de cuchillo a su licenciosa víctima. Hace 40 años, las víctimas eran jóvenes pervertidos; en entregas recientes, adultos y ancianos – no menos pervertidos -  son ejecutados. La bajeza moral de la víctima evita que el espectador sienta – demasiada - empatía con ella. Todo está debidamente aderezado para sugerir en el espectador pensamientos del tipo “en algo andaban”, “ellas se lo buscaron”, “por no guardar sana distancia”.

La película en cuestión reproduce la secuencia de persecución y ejecución descrita líneas arriba durante hora y media aproximadamente. En ocasiones, para paliar el tedio, se nos recuerda el origen del siniestro personaje: escapa de un hospital para enfermos mentales; sobrevive o se convierte en un espectro deformado a raíz de una quemazón; emerge del fondo de una alberca;  se propaga a todo el mundo desde un mercado de comida ubicado en una provincia China. Finalmente, un héroe logra dar muerte al anómalo asesino. Después de cinco minutos de festejos y cuando el espectador comienza a compartir su alegría con los eufóricos protagonistas, el asesino indestructible reaparece prometiendo más asesinatos en una futura entrega, mientras el fracasado héroe, pone cara de “¿Qué pudo haber fallado?” convencido de que lo peor, está por venir.

Y así, variante tras variante, hasta llegar al episodio 15, “Omicron”, XV o como mejor se deseé realizar la numeración.

No hay nada más siniestro que estropear la navidad y los festejos de año nuevo, lo que asegura el éxito en taquilla, sin importar lo predecible, vulgar o absurdo del argumento.

Y así nos va…